Comienzo diciendo que lamento haberlos dejados solos tanto tiempo. He tenido algunas cosas que hacer. Esta es un crónica producto de mis viajes de Carnaval y Semana Santa. Me opinan? En verdad me interesa...
El fantasma de la puerta 16
Cuando volví esta vez, aún estaba ahí. Tenía las mismas expresiones que hacía cinco semanas. Seguía caminando por el área de tránsito como un viajero más. Eso podría haber pensando cualquiera que no hubiera observado con atención que él no tenía ningún tipo de equipaje de mano. Nada, ni una bolsita. Aún así, se confundía con las decenas de personas que van y vienen, comprando esto y aquello, aprovechando el duty free y que esperaban a los aviones que los llevarían a sus destinos. Esos eran los afortunados.
En aquella oportunidad alguien me había comentado que gente de verdad verdad vivía en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía. Gente de muchas partes. Lo comprobé cuando me acerqué a la puerta 16 donde, según me dijo una vendedora de dulces, vivían los “tierra de nadie”. Así fue como lo conocí a él y como a 20 chinos con los que traté de hablar infructuosamente. Ninguno de ellos entendía ni una pizca de español, ni siquiera de inglés.
Ahora sentía miedo de volver a encontrarlo en el mismo lugar, como en efecto ocurrió.
Al instante me reconoció. Nada había cambiado, a excepción del par de kilos que había perdido, y que se le notaban porque le guindaban los pantalones. Y eso que él ya era bastante delgado.
-¡Hola! ¡Hey! Andrea, ¿no? La periodista. Soy Christian, ¿me recuerdas? Nos vimos aquí hace como un mes- me dijo en su inglés africanizado, un poco difícil de entender para mí.
¿Cómo podría no recordarlo? Tenía cinco semanas tratando de reconstruir mis notas tomadas apresuradamente y todos los recuerdos, olores, colores, palabras dichas por él y por mí, en escasos 25 minutos que tenía libres mientras esperaba mi vuelo a Quito para irme de vacaciones con mi familia.
-¡Claro! Christian Okonkwo, de Nigeria, ¿no?
Es jugador profesional de fútbol y tiene solamente 19 años. Con tan corta edad ya había jugado en su país y sido convocado por algunos equipos en España, Alemania, República Dominicana y Trinidad. Su vida había estado signada por jugosos sueldos en dólares, comodidades y, paradójicamente, aviones, desde que tenía 15 años.
-¿Todavía sigues aquí?- le pregunté absurdamente, cuando la respuesta era más que obvia.
-Sí- me dijo. -Mi esposa ya dio a luz en Puerto España. Creo que te había comentado que estaba embarazada. Y yo, aquí…
Hace dos años recibió una llamada del North East Stars, un equipo de fútbol trinitario que se impresionó con su talento mientras jugaba en República Dominicana. Firmó la oferta y se fue. Allí se enamoró de una chica de la capital, se casó con ella y la embarazó.
Pero el destino le hizo una mala pasada. Lo llamaron a probarse en México y tuvo que montarse de nuevo en un vuelo. Cosa de rutina.
-Serían dos o tres días de prueba. Nada especial- me dijo la primera vez que lo entrevisté. –Pero mi vuelo tenía una escala en Caracas, para conectar directamente con Mexicana de Aviación a Ciudad de México. Cuando llegué ahí, parece que consiguieron un montón de chinos que habían llegado de contrabando. Les parecí sospechoso y me detuvieron a mí también. Me quitaron el pasaporte. Pasé una noche allí. Cuando volví a preguntar, nadie tenía mi documento. Fue terrible. Literalmente, no existía. No era de ninguna parte.
Él insistía en que era nigeriano, pero que vivía en Trinidad. Explicaba los propósitos de su visita al país azteca. Al final, sólo le dieron una opción. “Si usted vino en un avión desde Caracas, entonces a Caracas se devuelve. Entiéndase con esa gente allá”, le dijeron. Llegó a Venezuela el 31 de diciembre de 2008 a las 11 de la noche. Así recibió Christian el 2009.
Esta vez yo disponía de más tiempo en tránsito y viajaba sola, así que lo invité a comer para conversar más. Nos sentamos en un restaurante de pollo, pero sorpresivamente, no me dejó pagar la cuenta. Insistió en que él podía hacerlo. Se notaba que así era: vestía bien, no olía mal, a Swiss Army, si no me equivoco, no estaba sucio.
-Tengo 4 meses aquí. Ya me estoy volviendo loco. No me dejan entrar al país porque no tengo un pasaporte que me puedan sellar. Tampoco salir, por la misma razón. Mi embajada aquí no tiene el material para darme un pasaporte nuevo. Pedí mi ciudadanía en Trinidad por mi esposa, justo antes de hacer este viaje infernal y todavía no me la han aprobado. Mis padres quedaron en enviarme un pasaporte nuevo, pero no han podido. ¡No he visto el Sol en 4 meses! ¡Estoy desesperado!
Y se le notaba. Trataba de comer, pero parecía que iba a llorar y que se le había formado un nudo en la garganta que impedía que le pasaran las papas fritas. Sentí ganas de llorar yo también. Pensaba en lo horrible que debía ser no sentir la luz quemándote la piel en cuatro meses.
-Lo siento mucho, de verdad- le dije, genuinamente. Nunca antes había sentido tanta pena por un extraño cualquiera. -¿Hay algo en lo que te pueda ayudar?
Me aseguró que no. Que su pasaporte debía llegar, según nuevas señas, en una semana. Para aligerar el ambiente, le pregunté si había visto alguna vez “La Terminal”, la película en la que Tom Hanks lo interpretaba a él, pero en Nueva York y dirigida por Steven Spielberg. Se río. “Sí, ese mismo tipo soy yo. Casi todo eso lo he vivido yo aquí. Pero no me voy a enamorar, porque yo ya estoy enamorado de mi esposa. Apenas tenga el pasaporte saldré directo a verla a ella y a mi hija. Le pusimos Hope”.
Se me volvió a aguar el guarapo. Justo en ese momento, Santa Bárbara anunció mi salida por la puerta 23. Él escuchó y me hizo ademán de despedirse. Me comentó ya al final, mientras me acompañaba a mi avión para que yo fuera libre, que a veces jugaba fútbol solo de madrugada. Entre los empleados del aeropuerto le habían regalado un balón.
-¿Dónde juegas?- le pregunté sonreída por su buena fe, pasión y optimismo.
-¿Dónde más, Andrea? En la puerta 16.
Pensé que debía ser cierto. Dónde más. Lo abracé, le deseé lo mejor, me despedí y me embarqué en mi vuelo nocturno a Quito, otra vez.
Espero, de todo corazón, no verlo nunca más.
El fantasma de la puerta 16
Cuando volví esta vez, aún estaba ahí. Tenía las mismas expresiones que hacía cinco semanas. Seguía caminando por el área de tránsito como un viajero más. Eso podría haber pensando cualquiera que no hubiera observado con atención que él no tenía ningún tipo de equipaje de mano. Nada, ni una bolsita. Aún así, se confundía con las decenas de personas que van y vienen, comprando esto y aquello, aprovechando el duty free y que esperaban a los aviones que los llevarían a sus destinos. Esos eran los afortunados.
En aquella oportunidad alguien me había comentado que gente de verdad verdad vivía en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía. Gente de muchas partes. Lo comprobé cuando me acerqué a la puerta 16 donde, según me dijo una vendedora de dulces, vivían los “tierra de nadie”. Así fue como lo conocí a él y como a 20 chinos con los que traté de hablar infructuosamente. Ninguno de ellos entendía ni una pizca de español, ni siquiera de inglés.
Ahora sentía miedo de volver a encontrarlo en el mismo lugar, como en efecto ocurrió.
Al instante me reconoció. Nada había cambiado, a excepción del par de kilos que había perdido, y que se le notaban porque le guindaban los pantalones. Y eso que él ya era bastante delgado.
-¡Hola! ¡Hey! Andrea, ¿no? La periodista. Soy Christian, ¿me recuerdas? Nos vimos aquí hace como un mes- me dijo en su inglés africanizado, un poco difícil de entender para mí.
¿Cómo podría no recordarlo? Tenía cinco semanas tratando de reconstruir mis notas tomadas apresuradamente y todos los recuerdos, olores, colores, palabras dichas por él y por mí, en escasos 25 minutos que tenía libres mientras esperaba mi vuelo a Quito para irme de vacaciones con mi familia.
-¡Claro! Christian Okonkwo, de Nigeria, ¿no?
Es jugador profesional de fútbol y tiene solamente 19 años. Con tan corta edad ya había jugado en su país y sido convocado por algunos equipos en España, Alemania, República Dominicana y Trinidad. Su vida había estado signada por jugosos sueldos en dólares, comodidades y, paradójicamente, aviones, desde que tenía 15 años.
-¿Todavía sigues aquí?- le pregunté absurdamente, cuando la respuesta era más que obvia.
-Sí- me dijo. -Mi esposa ya dio a luz en Puerto España. Creo que te había comentado que estaba embarazada. Y yo, aquí…
Hace dos años recibió una llamada del North East Stars, un equipo de fútbol trinitario que se impresionó con su talento mientras jugaba en República Dominicana. Firmó la oferta y se fue. Allí se enamoró de una chica de la capital, se casó con ella y la embarazó.
Pero el destino le hizo una mala pasada. Lo llamaron a probarse en México y tuvo que montarse de nuevo en un vuelo. Cosa de rutina.
-Serían dos o tres días de prueba. Nada especial- me dijo la primera vez que lo entrevisté. –Pero mi vuelo tenía una escala en Caracas, para conectar directamente con Mexicana de Aviación a Ciudad de México. Cuando llegué ahí, parece que consiguieron un montón de chinos que habían llegado de contrabando. Les parecí sospechoso y me detuvieron a mí también. Me quitaron el pasaporte. Pasé una noche allí. Cuando volví a preguntar, nadie tenía mi documento. Fue terrible. Literalmente, no existía. No era de ninguna parte.
Él insistía en que era nigeriano, pero que vivía en Trinidad. Explicaba los propósitos de su visita al país azteca. Al final, sólo le dieron una opción. “Si usted vino en un avión desde Caracas, entonces a Caracas se devuelve. Entiéndase con esa gente allá”, le dijeron. Llegó a Venezuela el 31 de diciembre de 2008 a las 11 de la noche. Así recibió Christian el 2009.
Esta vez yo disponía de más tiempo en tránsito y viajaba sola, así que lo invité a comer para conversar más. Nos sentamos en un restaurante de pollo, pero sorpresivamente, no me dejó pagar la cuenta. Insistió en que él podía hacerlo. Se notaba que así era: vestía bien, no olía mal, a Swiss Army, si no me equivoco, no estaba sucio.
-Tengo 4 meses aquí. Ya me estoy volviendo loco. No me dejan entrar al país porque no tengo un pasaporte que me puedan sellar. Tampoco salir, por la misma razón. Mi embajada aquí no tiene el material para darme un pasaporte nuevo. Pedí mi ciudadanía en Trinidad por mi esposa, justo antes de hacer este viaje infernal y todavía no me la han aprobado. Mis padres quedaron en enviarme un pasaporte nuevo, pero no han podido. ¡No he visto el Sol en 4 meses! ¡Estoy desesperado!
Y se le notaba. Trataba de comer, pero parecía que iba a llorar y que se le había formado un nudo en la garganta que impedía que le pasaran las papas fritas. Sentí ganas de llorar yo también. Pensaba en lo horrible que debía ser no sentir la luz quemándote la piel en cuatro meses.
-Lo siento mucho, de verdad- le dije, genuinamente. Nunca antes había sentido tanta pena por un extraño cualquiera. -¿Hay algo en lo que te pueda ayudar?
Me aseguró que no. Que su pasaporte debía llegar, según nuevas señas, en una semana. Para aligerar el ambiente, le pregunté si había visto alguna vez “La Terminal”, la película en la que Tom Hanks lo interpretaba a él, pero en Nueva York y dirigida por Steven Spielberg. Se río. “Sí, ese mismo tipo soy yo. Casi todo eso lo he vivido yo aquí. Pero no me voy a enamorar, porque yo ya estoy enamorado de mi esposa. Apenas tenga el pasaporte saldré directo a verla a ella y a mi hija. Le pusimos Hope”.
Se me volvió a aguar el guarapo. Justo en ese momento, Santa Bárbara anunció mi salida por la puerta 23. Él escuchó y me hizo ademán de despedirse. Me comentó ya al final, mientras me acompañaba a mi avión para que yo fuera libre, que a veces jugaba fútbol solo de madrugada. Entre los empleados del aeropuerto le habían regalado un balón.
-¿Dónde juegas?- le pregunté sonreída por su buena fe, pasión y optimismo.
-¿Dónde más, Andrea? En la puerta 16.
Pensé que debía ser cierto. Dónde más. Lo abracé, le deseé lo mejor, me despedí y me embarqué en mi vuelo nocturno a Quito, otra vez.
Espero, de todo corazón, no verlo nunca más.

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